Investigación
La danza callejera como suspiro de libertad
Desde que tengo memoria, el transitar sola por las calles ha sido incentivo para mi espíritu de suscitar en su espontaneidad un mundo de impulsos. Por esto, muchas veces me he encontrado durante mi tránsito callejero avanzando de a pasos danzados, diciendo un texto o un poema, o improvisando algún soliloquio, en voz alta, cantando alguna canción con toda mi alegría presente y sin miedo o vergüenza de no soportar la justificación en unos audífonos sobre mis orejas. Sin embargo, estos comportamientos anormales, extra cotidianos, extraños, siempre han logrado captar la atención de gente que me tuviese al alcance de su vista u oído, la cual se manifiesta a través de miradas desconcertadas tratando de encontrar explicaciones, razones de mi accionar. La sola y simple pausa ya es motivo de una inquietud general y angustiosa que busca entender: Se le habrá olvidado algo en casa. Está por amarrarse el zapato, ¿por qué no se habrá hecho a un lado? Ha de estar buscando una dirección. Se arrepintió de no comprar el pandebono de la esquina pasada… Estará loca. Está loca, eso es. Es una loca. Otra loca.
Por un lado, entender no consta de la sola razón, del solo pensamiento lógico, este no es más que una pequeña parte de lo que es la gran percepción de la existencia.
“[…] Pensar una flor es verla y olerla
y comer un fruto es saberle el sentido […]” (Caeiro, Alberto)
Este factor lo tengo bastante presente durante mis improvisaciones danzadas, pues una tiene su escucha a flor de piel, entiende desde las temperaturas que habitan cada objeto o el aire mismo, desde las sensaciones que producen el día (diferente un día lluvioso a un día soleado) y el instante, una acciona en diálogo con el espacio, no sólo por la vista o por la razón, sino como respuesta kinestésica, sinestésica, por aquello generado por los colores, los tamaños, los sonidos. Una entiende su entorno y a sí misma a partir de todo lo que cada estímulo le genera, no solo a nivel racional, ni tampoco únicamente a nivel imaginativo (otra facultad de la mente, aunque involucra el inconsciente más evidentemente), sino también desde las sensaciones que inspira todo lo que somos y lo que nos rodea. Eso es entender: experimentar la vida misma en presente.
Por otro lado, aunque mi actuar, en principio y en su autenticidad surgiera de la vía libre que le presentaba yo a mis impulsos espontáneos, la reacción de la gente siempre me ha sido un motivante muy claro para contener estos comportamientos extravagantes, pues me extraña su extrañeza ante la honestidad que manejo yo conmigo misma. ¿Por qué habría de encontrarme ante esta incómoda situación del ojo acusador, fino e incisivo por ser quien soy y por atender a lo que me provoca, si no estoy irrumpiendo directamente en sus vidas? ¿Quién dice que no puedo cantar, danzar, o hablar en voz alta conmigo misma cuando voy por la calle? Nos sentimos libres de muchas maneras, y a pesar de que la cercanía al concepto de libertad nos produzca vértigo, o que amerite para sí siempre largos ensayos de reflexión, hablo de la libertad de expresión del movimiento, en cuerpo y voz.
En el texto Coreopolicía y coreopolítica o la tarea del bailarín de André Lepecki, se habla del moverse políticamente, término que esclarece el autor a través de una reflexión que hace sobre la definición anterior de la filósofa alemana Hannah Arendt, para lo cual concluye que “[…] la política en Arendt puede ser redefinida como una orientación general hacia la libertad”. Esta idea de libertad cobra gran importancia a lo largo del texto, pues se habla de la “aparente libertad de movimiento”; esto, y según el texto, efecto de la existencia de la policía, la cual al buscar “la obtención de un comportamiento normal; conformidad”, ha generado un orden normal de comportamiento en nuestras polis del siglo XXI, en donde parecen muy claras y evidentes las actitudes anormales, o fuera de lo comúnmente aceptado a pesar de que la presencia representativa de este ente, los policías, no se encuentre explícita y físicamente presente.
“La policía dice que no hay nada que mirar en una calzada, nada que hacer salvo circular. Dice que el espacio de la circulación sólo es el espacio de circulación” afirma Lepecki. Se podría pensar que el comportamiento del acusador surge ante la presencia del ente policial, por empatía, por acuerdo o por miedo, no importa. Sin embargo, lo más impactante es reconocer que nos hemos vuelto los policías o los jueces mismos que hostigan con miradas desaprobatorias a otros transeúntes ante comportamientos anormales.
Sobre los policías: “[…] su principal interés es el movimiento, pero su fin es promover un movimiento que, mientras se mueve, se aleja de la libertad”. Así, nos volvemos promotores de este alejamiento de la libertad. La intranquilidad al accionar en vías públicas es una evidencia clara de la “vigilancia constante” que surge, no solo de cámaras de vigilancia y policía como alguna vez predijo Deleuze, sino del pueblo mismo que se vuelca contra sí y sus compatriotas por la seguridad que encuentra ante la normalidad domesticada del comportamiento callejero, discurso de represión política que ha sido plantado en nuestro sentir más allá de discurso alguno, puesto que la incomodidad no surge ya ante la presencia de la policía misma, sino de cualquier persona en la calle, una cuestión a la cual Lepecki llama “auto-vigilancia”.
Reflexionar sobre las reacciones de la gente ante estos actos anormales, al inicio me era llamativo por el simple hecho de la diversión de no comprender por qué tanto asombro, sin embargo, profundizar en este factor y reconocerlo como la impresión política que puede ser, una restricción ante la libertad de movimiento para tener el control, ha sido un hallazgo significativo. Para mí, tomarme las calles improvisando ya no fue mero hecho de diversión y reto, sino un acto de terrorismo poético donde manifiesto mi libertad al mundo.
En el texto Caos: “Selección de textos de Hakim Bey”, el autor habla del terrorismo poético como “--creación-a-través-de-la-destrucción--“. A pesar de que por destrucción se puedan entender muchas cosas, en la calle al improvisar, encontrándome como hacedora del terrorismo poético, identifico como destrucción la ruptura del orden normal del comportamiento callejero. Destruyo la normalidad callejera (acto terrorista), a través de una danza que surge de mi espontaneidad (acto poético), y en este acto de terrorismo poético, además pronuncio ante mí misma y ante el mundo, mi libertad.
Cada día descubro con más contundencia lo que significa e implica mi accionar espontáneo, sobre todo cuando este se da en espacios públicos y específicamente en la calle. La danza, a diferencia de otros lenguajes (aunque a veces se permeen o no se divisen sus fronteras), expresa desde el movimiento sublimado, libertad. La intuición me guía, empero, encuentro cada vez más herramientas concretas y poéticas que surgen del reconocimiento consciente de los estímulos que brinda la vida en cada instante, y que conectan mi forma de entender el mundo con la danza que doy a este como respuesta de mi ser viva.
Bibliografía:
Lepecki, A. (2016) Coreopolicía y coreopolítica o la tarea del bailarín. Recuperado de https://cultura.nexos.com.mx/?author_name=andre-lepecki
Caos: “Selección de textos de Hakim Bey”. (2012) Ediciones Sin Nombre. http://edisinnombre.espivblogs.net/
Pessoa, F. (2006) El regreso de los dioses. (Ángel Crespo, trad.) Barcelona: ACANTILADO.
Pessoa, F. (2019) Poesias. Brasil: L&PM Editores.